animado cartas para ti

jueves, 17 de julio de 2014

Te vine a buscar

Espero estés bien, tardé en llegar porque quería saber antes de partir hacia acá si mi sentimiento por ti era real, o aún permanecía en mí esa pasión que parecía ser mas obsesión que cualquier otra cosa, no es así; he evaluado cada uno de mis momentos vividos a tu lado, entendiendo que hasta los detalles más simples de esos instantes infinitos colmados de plenitud, le dieron un sentido importante a mi vida, antes de ti no hubo nadie, después de ti nadie.
El amor; el sentimiento más sublime existe y lo conocí contigo, por eso hoy entre este laberinto de rascacielos te busco, trato de encontrar en alguna ráfaga de viento primaveral un mensaje que me lleve hasta ti, una razón para saber que esta búsqueda está guiada que no es a ciegas, me pregunto si aun me amas o si no deseas ser encontrada, pensamientos asaltan mi mente, pero no me detienen yo voy hacia ti, con la fe puesta en este sentimiento que el tiempo no ha logrado diluir, ensayando las líneas que te diré al verte y por ningunas me decido.

Como olvidar tus besos, semejantes al rocío que baña la hierba cada mañana de verano, la calidez de tus abrazos y esa entrega desmedida de ternura, no creo poder continuar mi vida sin volver a ver esa mirada lejana y profunda que hechiza con apenas un destello, quiero encontrarte y contigo, la plenitud perdida por  indecisión de aquellos días, cuando la juventud inquieta nos hacía dudar.

Ahora estoy aquí más firme que nunca, tú eres mi felicidad, tardé en comprenderlo, pero ¿quién ha dicho que el amor y sus consecuencias son fáciles de entender? Sólo se vive una vez y no quiero que este ciclo termine sin que el centelleante resplandor de tus ojos vuelva a posarse sobre mí y hacerme estremecer, sin tener la oportunidad de vibrar de nuevo adormecido en un beso sin fin, con esa caricia en mi paladar que me hacía prisionero, de la cual no deseaba zafarme y el tiempo parecía detenerse.

Aquí estoy y también tú; yo te busco, tu escondida en algún lugar de esta gran ciudad, se que llegaré y allí estarás, será como un día prometimos; hasta que se cansen nuestros huesos, hasta que nuestros tejidos ya no estén disponibles para el sol ni la lluvia.
Te amo y así será siempre, te amé en la distancia, en la soledad, en las cuatro estaciones de un país ignoto. Hoy he vuelto; la misma ciudad, la misma cultura que en el pasado albergó y dio cobijo al sentimiento que compartíamos y que en mi no murió, ese que me trajo aquí no sé cómo, la fuerza de un impulso de verte y ser feliz igual que ayer me devolvió a tierras que una vez fueron mías y ahora me resultan ajenas.

Mi GPS es el viento, mi brújula el instinto de seguir amándote más allá de las cúspides de las torres más altas, donde el viento es feroz y el vértigo se apodera de nosotros. Te amo y vine por ti.
Hasta que se produzca nuestro ansiado encuentro espero puedas leer estas líneas que te dedico desde la quietud de este parque lleno de recuerdos lejanos,  es la mejor forma por mi encontrada para poder expresarte un justificativo a la distancia que espero no sea un abismo, te amo con la firmeza de un roble de esos que bordean este parque, con la fuerza de la saeta que sale del arco de un guerrero oriental, así te amo, como el águila ama las alturas.
Por tantas razones, que no son más que la promesa del amor y la felicidad, te vine a buscar.


He pensado; qué dirás al verme, tal vez el silencio será quien hable por los dos, mientras ambos nos miramos evaluando el paso del tiempo en cada uno, buscando huellas de lo que en otro tiempo fue, pero estamos aquí frente a frente para ponerle fin a tanto extrañarse, a tanto preguntarse si tendrá sentido. Muchos signos de interrogación dibujados en nuestros rostros, pero un impulso desmedido y reprimido con los años de ausencia, posee nuestras bocas, evitando las palabras que ya no son necesarias, ya habrá tiempo para vivir, para hablar, para decirnos lo que por el tiempo y la distancia nos fue negado, por esto y más he venido aquí, para amarnos hasta que nuestros sentidos nos lo permitan, te vine a buscar.

Reinaldo Jiménez

Carta A Mi Hermano Menor

Desde el día que naciste, asumí la responsabilidad de enseñarte el camino, y no creo haber podido hacerlo bien.

Porque tus pasos siguieron el rastro de un destino, marcado por la sangre que corría en tus venas, esa que traía el abuelo, esa que no era de aquí, sino de  allá.

Un día decidiste con seguridad y coraje, ir en busca del lugar, saliendo de la frontera que marcaban mis abrazos.

Ese día maldije un avión, que ponía un mar entre nosotros
y sin respiro me dejaba al sacarte de mi lado, creí morir en aquel adiós, que me arranco un pedazo de mi alma, de mi corazón, a mi hermano menor.

Mi hermanito, el único, el pequeño, que se agiganto cuando lo necesite, me defendió, cuido y aconsejo, más de lo que pude hacer yo.
Ese pequeño gigante de mi lado se escapó y mi dejaba un puñado de lágrimas en mi rostro.

Hoy he visto el vídeo y las fotos que has mandado desde, tu más allá llamado España.
Estas tan grande, has crecido tanto, hoy eres todo un hombre y es
tan extraño escuchar esa risa, ver tu casa, tu trabajo...tu hija.

El corazón se me ha llenado de alegría, pero mi alma se puesto ha llorar...
Por qué ese sol  y ese mar que te cobijan hoy se han robado mi tesoro más preciado mi hermano menor.

Porque las calles pequeñas y la gente, que caminan por ahí,
te ven pasar, de seguro le regalaras esa sonrisa y esos ojitos negros, a ellos sí,  ahora a mí no.

Como duele la distancia cuando has dormido en el mismo vientre, tomado del mismo pecho y te han acariciado las mismas manos, las de mama.

El dolor es profundo, porque te quiero más que a mí misma.

Hermanito menor no te olvides nunca que soy tu hermana mayor, que recogí tu desorden, planche tus camisas, probé tu comidas, reí tus risas y cuantas veces secaste mis lágrimas.

Tengo cada recuerdo grabado en mi retina, no quiero olvidarme,
puedo amarte cada día más y extrañarte a cada rato,
 lástima que lo que no puedo hacer es tenerte aquí conmigo,
mi eternamente hermano menor, te amo Javi.


Puedes ver la  versión original en: http://lulomescribe.blogspot.com/2012/04/carta-mi-hermano-menor.html

martes, 15 de julio de 2014

Carta A Mis Maestros...

Querido Profe... 
Hoy he encontrado una oportunidad para llegar a ti...
 Tu que estás conmigo desde que comienza mi día y compartes los primeros y mejores años de mi vida, caminando a mi lado, siendo testigo de las muchas veces que he reído y llorado, cuando he caído y he logrado las metas que me he trazado; me has visto esforzar y otras veces acomodarme quizás dejándome llevar por tantas cosas que me ofrece el mundo y otras que me exige la sociedad. Has estado ahí en mis momentos de luz y de oscuridad cuando me he sentido cansada y cuando no he sabido dar respuesta a lo que me das.

Te veo cada mañana entrar al salón, caminar de un lado a otro, sentarte, explicar, evaluar y muchas veces me pregunto, qué pasa por tu mente? qué piensas de mí? Quisiera que no solo me enseñaras y me llenaras de contenidos, los cuales sé que son necesarios para mi vida; desearía más conocer lo que tu corazón muchas veces esconde por temor a mostrar tu humanidad, lo que hay en ti, lo que piensas, lo que sientes, tantas cosas que estoy segura me enseñarían mucho más.

No quisiera recordarte como el maestro regañón, al que le gustaba rajar; ni tampoco como el que nos dejaba hacer lo que quisiéramos, para ganarse nuestra aceptación; quiero recordarte como aquella persona que caminó conmigo, del cual mucho aprendí, porque me enseñó aplicar cada contenido con mi realidad; ese que vio más allá de mis errores o mis buenas calificaciones y no me rotuló nunca cuando me iba bien o cuando me iba mal; ese que se preocupó por mí, que me preguntó muchas veces por qué no hice la tarea, si dormí bien o si comí, si en mi casa las cosas están bien o mal... ese que más allá de limitarse a dar una clase y calificar, se dio la oportunidad de conocerme un poco más y con ello me enseñó a descubrirme a mí misma y aprenderme a valorar.

Ahora, que estoy en una de las etapas más difíciles de mi vida, en la que tengo que aprender a tomar decisiones y valerme por mí misma, te pido que no dejes de ser Mi maestro, no pienses que estoy muy grande o muy pequeña para entenderlo, yo te necesito no como verdugo ni compinche, sino como mi amigo , creo en todo lo que me dices muchas veces hasta más que otras personas que también están conmigo, por eso para mi es importante tu opinión y que de igual modo me escuches cuando quiero expresarte algo, que no digas que ahí vengo otra vez con lo mismo, para mi es importante saber que te interesa lo que pienso, siento y digo, que lo tienes en cuenta y lo valoras así tal y como lo hago contigo.

Sé que muchas veces no me he comportado bien o no te presto atención, no valoro lo que me das y hasta pienso que eres muy cansón; no dejes nunca de exigirme que entregue de mi lo mejor, no me temas ni te prevengas, tu eres el adulto, el que tiene el control; estoy segura que con creatividad, responsabilidad, sabiduría, paciencia, disciplina y mucho amor, todo será distinto y tu clase será lo mejor; me ayudas a hacer de lo más difícil lo más bello. Yo sentiré que he aprendido y tu experimentarás el gozo de entregarlo todo en el salón.

Con todo esto y por sobre todas las cosas quiero que sepas que eres muy importante para mí; que te quiero y admiro, te agradezco todo lo que has hecho, haces y seguirás haciendo por mí, eso nunca lo olvidaré, porque la obra del Maestro, queda grabada para toda la vida y es lo que nos llevamos para el resto del camino. Tú más que nadie sabes que lo que te digo es cierto, porque también en tu vida, has tenido Maestros esos que recuerdas por el dolor y las angustias que te causaron y a aquellos que siempre mencionas por todo lo que con su vida te enseñaron... Gracias de todo corazón querido profesor y que Dios te bendiga...

Tu estudiante...
MACAVAKA
(Colegio Eucarístico de Santa Teresa - Cartagena- Colombia)

Disponible en: http://oritunalmagigante.blogspot.com/2008/04/en-un-compartir-y-reflexionar-con.html

Carta A Mi Maestro, Por Xun Betan

Indio soy
que danzo sobre mundo.
Indio que sabe volar,
indio que sabe amar
A mi maestro Bartolo
Fue en los últimos días de junio, casi al salir a las vacaciones del fin de año escolar. Cursaba yo el quinto grado de primaria, y mi maestro era un señor de nombre Bartolomé, de los nombres más comunes en este pueblo, como Juan y María.

Este maestro lleva el nombre del Santo Patrono del pueblo (San Bartolomé de los Llanos) y creo que eso le hacía sentirse muy especial para humillar a los niños indios del lugar. Fue mi maestro por desgracia o por fortuna. Él tiene un gran odio y rechazo hacia mi cultura y mi gente: quizás por no ser como él, un kaxlan. Tal vez el problema es que somos diferentes a ellos, pero no sé en verdad.

Siempre se sentía ofendido al verme en su salón de clases. En esa ocasión mi calificación en el examen fue mejor que la de su hijo, que lamentablemente era mi compañerito de salón. Por ello mi maestro se sintió más ofendido de lo normal y con todo el desprecio y coraje de su corazón me dijo: “Los indios sólo son buenos para trabajar, así que toma la escoba y ponte a barrer”. Esas palabras nunca las he podido quitar de la mente, pues fue algo muy humillante, siendo yo un niño de tan sólo 10 años. Me sentía tan impotente, tan débil, tan miserable de no poder hacer nada, ni decirle nada a un mandamás que tenía todas las espadas y el puñal a su favor. Niño humillado, ¡qué terrible! Y más cuando te avergüenzan de lo que eres, de tu cultura, de tu identidad, de lo que eres.
Después de este suceso entendí que yo no quería ser así, que no quería ser como ellos, como algunos de mis compañeros ladinos que se burlaban de mí, del mismo modo que lo hacía mi maestro cuando le apetecía para desquitar su coraje. Es el mismo desprecio que sufren frecuentemente mis hermanos en el pueblo, siempre humillados y maltratados por los muchos ladinos, y más cuando no hablan el castellano o cuando los comerciantes se aprovechan y les cobran el doble del precio de sus productos porque mis hermanos no saben contar. Muchos ladinos su único interés, es hacerse ricos.

Todo eso me llenó a tal grado de tristeza, que un día, tan confundido, después de lo ocurrido, acompañaba yo a mi madre al mercado y en la calle le dije que no me hablara en tsotsil. Yo con un nudo en la garganta y lleno de vergüenza de mí mismo, me atreví a decírselo. Ella después de un momento y con lágrimas en los ojos me preguntó: ¿Por qué? Yo le contesté: “Porque mi maestro y mis compañeritos de clases siempre me dicen cosas feas en el salón”. Entonces mi madre respondió: “No tienes que cambiar, sólo hay que seguir tolerándolos. Espérate un poco más, que tú crecerás”.

Las palabras de mi madre, llenas de sabiduría, me ayudaron mucho. Así como ella me dijo “Crecerás”, también me llenó de tanto valor, amor y alegría que hasta la fecha no puedo olvidarle. Y hoy que se cumplen varios años ya de lo sucedido, me atrevo a dedicarle estos versos a mi grandioso maestro:
¿Quién eres tu?
Soy Xun y soy indio:
eso me han dicho siempre los kaxlanes.
Ahora lo digo con orgullo,
y es sólo para demostrarles
que nosotros somos más tolerantes
ante su brutal ignorancia.
Ser diferente a ellos
es una gran dicha para mí…!
Indio me dijeron siempre
por ser diferente,
pero valor y orgullo
me ha  producido.
Amor y encanto tengo
de tan colorida cultura
llena de flores y sabores.
Indio me dicen,
pero amar sé.
Indio soy
y no me satisfacen
ni me llenan
sus políticas mentirosas.
Indio soy
y no bebo sangre
para ganar fortunas.
Indio soy
y no me llenan los colores
de sus modas.
Indio soy
y brillo con la luz de la luna
nuestra madre
y vuelo con la luz del sol
nuestro padre.
Arco iris soy
como el tejido de hermosos trajes.
Canto soy
con el sonido de bellos idiomas.
Indio con misterio y sueño.
Indio soy
que danzo sobre mundo.
Indio que sabe volar,
indio que sabe amar
ento
nces soy indio de verdad.
Escrita por: Xun Betan

viernes, 11 de julio de 2014

Carta a mi médico

Autor:  Jean Guitton


Querido doctor Biot:

Cuando era ni
ño, me gustaba, como a todos los niños, estar enfermo. Fue entonces cuando, por primera vez, oí pronunciar aquella palabra que tantas veces encontraría en mi vida como signo de gran dignidad: la palabra «doctor».

Tanto para mí como para los otros ni
ños, el doctor era el ser mágico por excelencia: el ser que adivina, alivia y conforta; y, para uno de mi edad, aquel que se hallaba cerca del abuelo o de la abuela en el momento del último respiro. 

En aquel tiempo pensaba que el doctor, estando presente tanto en el inicio como en el final de la vida, era el hombre que conocía todos los secretos de la vida y de la muerte. Y a la edad de diez a
ños, ya ambicioso, mi sueño era el de convertirme un día en médico yo también. 

¡Cómo me falta, querido doctor! Durante tres años —hasta la muerte—, usted me ha cuidado y sanado. Y desde entonces no he podido encontrar un médico semejante a usted.

Lo que me acercó a usted —al punto de haberse convertido en mi amigo— es el hecho de que, además de médico, era usted un verdadero filósofo. Abrigaba la idea contraria a la del famoso Doctor Knock, de Jules Romains, a quien había ido a aplaudir al teatro, según la cual todo hombre sano es un enfermo que no sabe que lo es. Usted me ha ense
ñado, por el contrario, que todo hombre que se lamenta de sus sufrimientos es un hombre sano que ignora serlo.


Esta era, por otra parte, la teoría de Hipócrates y la de los grandes médicos chinos. Por lo tanto, su convicción era la de que el médico es aquel que impide que uno se enferme y al que ya no es necesario consultar —ni pagar— cuando se ha caído en cama. El médico debe enseñarnos la higiene, es decir, el arte de no enfermarse. Querido doctor Biot, usted enseña la sabiduría de la que es necesario dar prueba para no estar nunca enfermo. Esta era su medicina y ésta, también, su filosofía.



Otra de sus ideas era que el cansancio no proviene de aquello que se hace. Lo que se hace, si se realiza a fondo, con pasión y con toda el alma, no cansa nunca. Lo que cansa es el pensamiento de lo que no se hace.

Es usted, doctor, quien me ense
ñó que yo estaba hecho para el surmenage. Era, y lo soy aún, un gran nervioso. No sé hacer nada. «Sobre todo, sobre todo —insistía usted cuando lo llamaba a casa— «no debe fatigarse: se enfermaría». Después daba usted su consejo médico: «Cuando repose, repose a fondo; cuando se distraiga, distráigase a fondo, y cuando coma o beba, hágalo a fondo igualmente».

Solía decirme que el gran secreto de la felicidad, el arte supremo de la vida, era practicar eso que los místicos llaman
«abandono». Bergson me dio un consejo similar cuando me dijo un día: «De ahora en adelante he decidido hacer sin fatiga lo que en otro tiempo hacía con ella». Era la regla de Santa Teresa del Niño Jesús y la de todos los grandes místicos. De este modo, para estar bien, usted prescribía simplemente suprimir la fatiga.

Me citaba a menudo estas palabras de Goethe:
«Sufro por lo que no sucederá y tengo miedo de perder lo que no he perdido».

Usted fue un precursor. Había entendido —medio siglo antes que los demás— que la era en la que entrábamos sería una era en la que los problemas de salud y de equilibrio entre el alma y el cuerpo serían los principales problemas. Antes que los otros intuyó que ninguna acción era buena si no encarnaba un pensamiento, que todo pensamiento implicaba una ética y que toda ética implicaba a su vez una filosofía superior o una religión.

Su cualidad principal era la de estar disponible a cualquier hora del día. Era devoto, gentil, jovial. Ponía en todo esa mezcla de ironía y amor llamada humorismo. Contra lo que podría creerse, el humorismo no está muy lejos del amor: el humorismo es el amor oculto bajo el velo de la ironía.







Al término de su visita, usted escribía sobre un papel finísimo la receta:
«Ninguna cura porque no hay nada que curar». Un día, en la parte inferior de la hoja, escribió: «Oportuno el uso del bastón». Desde entonces el bastón no me ha abandonado nunca. Estaba usted en lo cierto: el bastón es como un gentil compañero, mudo y dulce, que me une al suelo.

Hoy, dado que el número de mis a
ños se acerca al siglo, me pregunto a veces cuáles son los consejos que me daría para ayudarme a envejecer como se debe.

Entonces vienen a mi mente dos consideraciones suyas:
«Envejecer significa tener todas las edades». Y ésta otra: «Envejecer significa ver a Dios más de cerca»
.

Doctor, usted tiene razón.

Tomado de: http://www.motivaciones.org/MOTIV001/ctose1156.htm